Las funciones ejecutivas

Las funciones ejecutivas son procesos cognitivos de alto nivel que nos permiten asociar ideas, movimientos y acciones simples para llevar a cabo tareas más complejas (Shallice, 1988). Aunque no existe una definición única, se usa generalmente para describir una gran variedad de habilidades que nos capacitan para tener un comportamiento flexible y dirigido a metas (Castellanos et al., 2006). Los mismos autores estiman que casi el 50% de la población presenta algún tipo de deficiencia en sus funciones ejecutivas. Los procesos cognitivos principales de los que constan las funciones ejecutivas son:

1. Inhibición, que a su vez se subdividiría en dos tipos:

  • Inhibición de respuesta: sería el resistir tentaciones y no actuar de manera impulsiva.
  • Control de las interferencias: capacidad de prestar atención de manera selectiva a cualquier estímulo.

2. Alternancia: Cambiar entre tareas o estrategias con el propósito de usar la más efectiva o apropiada.

3. Memoria de trabajo: Consiste en mantener y actualizar la información que estamos procesando, manipulándola de manera flexible.

A partir de ahí, se han intentado hacer categorizaciones más abstractas de las funciones ejecutivas, como la de Zellazo y Müller (2002), que distinguieron entre funciones ejecutivas «calientes» (como la inteligencia) y «frías» (autorregulación emocional, motivación). Muchos autores han discutido esa división, ya que el punto de corte para hacer dicho constructo es muy variable dependiendo de lo que queramos medir (por circuitos cerebrales, por si son más emocionales o conductuales etc.)

Por otra parte, Ardila (2018) presenta una división más abstracta de estrategias que llevamos a cabo ante una tarea un poco diferente, basándolas en:

  • Metacognitivas o intelectuales: solución de problemas, pensamiento abstracto, planificación, anticipar de las consecuencias de nuestra conducta, desarrollar estrategias, memoria de trabajo
  • Emocionales y motivaciones: realizarían la coordinación entre cognición y emoción teniendo en cuenta el entorno social en el que nos encontramos, dominando nuestros impulsos, y actuando en función de los valores culturales de donde nos encontremos.

Bases neurológicas

En cuanto a las bases neurológicas de las funciones ejecutivas, podemos hacer una división en la gran cantidad de estructuras que se implicarían según el modelo cognitivo del control de la emoción, ya que algunos autores explican un paradigma en donde el control cognitivo o emocional sería sinónimo de funciones ejecutivas (Ochsner, Silvers, & Buhle, 2012). 

1. Estructuras involucradas en el uso de las herramientas cognitivas de las funciones ejecutivas.

  • Asignar el estado mental: Córtex prefrontal dorsomedial.
  • Supervisar el conflicto: Córtex cingulado dorsal anterior.
  • Atención selectiva/memoria de trabajo: Corteza prefrontal anterior, córtex prefrontal dorsolateral, inferior parietal.
  • Selección/inhibición: Corteza prefrontal ventrolateral

2. Estructuras implicadas en generar la emoción:

  • Dar un valor al estímulo en el contexto actual: Corteza ventromedial prefrontal, córtex orbitofrontal medial.
  • Hacer la representación característica tanto perceptual como semántica: Polo temporal, giro temporal medio y superior, unión temporoparietal.

3. Con función aún indefinida o de intermediaria en la reevaluación cognitiva:

  • Codificar el valor de la recompensa de los estímulos: Estriado ventral
  • Evaluar la activación o la amenaza: amígdala
  • Procesar las señales fisiológicas corporales con su consiguiente integración: Insula

No existe un neurodesarrollo monolítico y unitario de todas las funciones ejecutivas, sino que las tipo más emocional suelen aparecer antes (alrededor de 1 año) y las de tipo más metacognitivo en el rango de 3 a 5 años.

La importancia de la autoestima

Al ser la autoestima un medidor de las competencias del Yo, esta se encuentra íntimamente unida a las funciones ejecutivas, ya que estas son las que regulan y planifican las estrategias para llegar con éxito a cualquier meta. Un trastorno mental es un factor predictor claro de una baja autoestima (y viceversa), y para desarrollar esto, tenemos por ejemplo el denominado modelo autorregulatorio de las funciones ejecutivas (Wells & Matthews, 1996). La premisa principal de esta teoría desarrolla que cualquier disfunción psicológica ocurre cuando existen errores, sesgos o distorsiones en la gestión y control de mecanismos moduladores de los procesos cognitivos, tales como la atención, las herramientas para la solución de problemas o la adquisición de conocimientos. Este modelo explica que hay tres niveles de cognición que sirven como andamiaje para conceptuar las patologías mentales:

  1. Procesos automáticos
  2. Conocimiento almacenado
  3. Creencias

Las funciones ejecutivas estarían situadas principalmente en los niveles 1 y 2, pero no por ello descartaríamos el nivel 3, ya que por ejemplo podemos tener creencias adquiridas debido a procesos de adquisición y procesamiento disfuncionales por funciones ejecutivas defectuosas. Solemos hacer los procesos autoevaluativos a partir de dos componentes principales: competencia valor, siendo la primera las medidas que hacemos con nuestras destrezas y la segunda teniendo más que ver por cómo creemos que somos percibidos por los demás. Los dos procesos son regulados de forma activa por las funciones ejecutivas, por lo que sin unas funciones ejecutivas bien desarrolladas es muy difícil tener una buena autoestima.

Bibliografía

Anderson, N. D., Winocur, G., & Palmer, H. (2010). Principles of cognitive rehabilitation. Handbook of clinical neuropsychology, 50-77.

Ardila, A. (2018). Is intelligence equivalent to executive functions. Psicothema30(2), 159-164.

Castellanos, F. X., Sonuga-Barke, E. J., Milham, M. P., & Tannock, R. (2006). Characterizing cognition in ADHD: beyond executive dysfunction. Trends in cognitive sciences10(3), 117-123.

Ochsner, K. N., Silvers, J. A., & Buhle, J. T. (2012). Functional imaging studies of emotion regulation: a synthetic review and evolving model of the cognitive control of emotion. Annals of the New York Academy of Sciences1251, E1.

Shallice, T. (1988). From neuropsychology to mental structure. Cambridge University Press.

Weiller, C., & Rijntjes, M. (1999). Learning, plasticity, and recovery in the central nervous system. Experimental Brain Research128(1-2), 134-138.

Wells, A., & Matthews, G. (1996). Modelling cognition in emotional disorder: The S-REF model. Behaviour research and therapy34(11-12), 881-888.

Zelazo, P. D., & Müller, U. (2002). The balance beam in the balance: Reflections on rules, relational complexity, and developmental processes. Journal of Experimental Child Psychology

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