Metacognición
Generalmente se piensa que los primeros homínidos (o actualmente casi todos los animales del planeta) no pueden más que vivir en algo así como un estado de presente permanente, en donde no existe un pasado para poder realizar inferencias ni un futuro que se pueda predecir. En cambio, los humanos sí que tenemos la capacidad de metacognición, es decir, el “pensar sobre como pensamos” para así poder supervisar y controlar nuestros pensamientos, actos o intenciones (Flavell, 1979).
Por tanto, la metacognición también contribuiría a realizar la toma de decisiones interpersonales de manera efectiva en función del contexto que nos encontremos, en donde dicha habilidad utiliza representaciones conscientes en la memoria de trabajo para así monitorizar o evaluar cualquier proceso o estado cognitivo.
Algunos autores (Hayes et al., 2020) presentan los tres tipos de componentes que tendría la metacognición:
- Discriminación: Discernir entre aquellos pensamientos que vienen de verdaderos cálculos metacognitivos y los que no.
- Interpretación: Decidir el grado de importancia del pensamiento metacognitivo.
- Difusión: Consistiría en el aprendizaje de estrategias comunicativas eficaces compartir con nuestro entorno nuestras representaciones metacognitivas.
Además, Lysaker et al. (2009) afirman que este constructo está situado en un espectro que iría desde lo discreto (el pensar sobre como pensamos) a lo sintético (interpretación de intenciones o sentimientos para así generar representaciones complejas sobre nosotros mismos y el mundo que nos rodea).
Y si como ya vemos sus definiciones tienen multitud de aristas, la situación se complica aún más si añadimos el factor cultural. Este aprendizaje cultural permite a los humanos interpretar, discriminar y emitir diferentes representaciones metacognitivas. Por ejemplo, se ha visto que los estudiantes de culturas occidentales como la nuestra, en donde el individualismo es promovido a toda costa, estos tienden a mostrar mayor confianza en las decisiones que han tomado comparado con estudiantes de culturas orientales, que suelen premiar más el gregarismo y la obediencia a la autoridad (Chiao et al., 2010).
Evidentemente, no solamente la cultura afecta a los procesos metacognitivos, también existe una gran variabilidad individual en donde la epigenética marcaría el rigor científico a seguir para evaluarla. Existirían para ello los denominados “endofenotipos social cognitivos”, que actúan como marcadores de la sensibilidad metacognitiva, habiéndose observado que una menor sensividad metacognitiva estaría relacionada con tener opiniones políticas más radicales y situadas en los extremos del espectro político.
Carga cognitiva y control cognitivo
Estos dos conceptos poseen una gran importancia en todo tipo de proceso metacognitivo, en donde el primero se referiría a la cantidad de recursos mentales (como la memoria de trabajo) que tenemos que manejar para realizar una tarea determinada. En cuanto al control cognitivo, es un concepto bastante similar que se refiere a como adaptamos nuestras estrategias o comportamientos según la exigencia del cometido a realizar. Estas habilidades requieren adecuarnos a las exigencias según de lo que tengamos que hacer, siendo una desde luego una habilidad crucial en un entorno en constante cambio (Lavie, 2010).
Y dentro de esas estrategias, el uso de inferencias o asociaciones son una de las bases de la cognición humana. Primordialmente, estas servirían para poder predecir con la mayor exactitud posible la probabilidad de eventos futuros a partir de situaciones pasadas, facilitando la percepción de nuestro entorno y ocurriendo muchas veces incluso de manera inconsciente. A partir de esto, Baror y Bar (2022) afirman que existiría un modelo con dos componentes:
- Un sistema más inicial para generar diferencias asociaciones entre elementos del entorno para así producir un procesamiento inferencial eficiente.
- Un procesamiento selectivo para descartar aquellas asociaciones que no nos sean útiles.
Evaluando estas capacidades en entornos experimentales, se ha visto que cuando se realizan actividades con una alta cognitiva (con elementos distractores añadidos), los procesos de activación asociativa se mantienen pero con el problema de que se tiende a interrumpir el descuento selectivo (o descarte) de información asociativa irrelevante para la tarea. Es decir, la elevada carga cognitiva interfería enormemente en amortiguar la inferencia de asociaciones irrelevantes y distractoras, mas que influir en la capacidad de generar nuevas asociaciones relevantes. Pero curiosamente, en esos mismos experimentos, el agotamiento de los recursos cognitivos solía afectar exclusivamente en ejercicios de memoria cuando el distractor estaba relacionado o cumplía características similares a la señal emitida como palabras de una misma familia (alimentos) según Baror & Bar (2022).
Más allá de un contexto experimenta, decir que en un entorno natural la realidad suele ser más compleja, en donde normalmente se necesita la activación de varias asociaciones o inferencias almacenadas hasta para tomar una decisión aparentemente sencilla (“¿qué voy a cenar hoy?”). Por ende, resulta de suma importancia intentar disminuir o evitar directamente cualquier distracción o interferencia asociativa para así formar un pensamiento lo más racional y coherente posible, haciendo uso de los mejores recursos disponibles a nuestra disposición. Luchar para evitar distracciones, que como hemos visto gasta recursos cognitivos, es clave para cualquier situación de aprendizaje eficiente (no tener el móvil cerca cuando intentamos concentrarnos estudiando por ejemplo).
Ejercicio físico
Existen gran cantidad de estudios que recalcan la importancia de una actividad física continuada en etapas tan claves del neurodesarrollo como son la infancia y la adolescencia. Aparte de un buen crecimiento físico y motor, la actividad física también interacciona enormemente con las capacidades cognitivas y de aprendizaje. Esto ocurre a través de diversos mecanismos tanto fisiológicos como metabólicos, como la angiogénesis (formación de nuevas venas y capilares), un reparto eficiente de la glucosa, el flujo sanguíneo cerebral, el funcionamiento de neurotransmisores y cambios estructurales del volumen cerebral (Diamond, 2015).
Con ello, la evidencia científica muestra que las intervenciones debería unir el ejercicio físico con la enseñanza de estrategias de manejo de las emociones y habilidades sociales. En una revisión sistemática y meta-análisis de esta temática, Álvarez y colegas (2017) vieron que los programas que promueven la actividad física en la infancia y la adolescencia tienden a producir mejoras tanto en las funciones ejecutivas (memoria de trabajo, inhibición de respuesta, metacognición) como en las habilidades cognitivas para la vida.
También, los mismos autores concluyen que solamente con aumentar el número de horas a la semana se tiende a producir esas mejoras generales, sin importar tanto la temática ni la intensidad de los mismos. Eso sí, no todos los ejercicios influyen por igual en las habilidades cognitivas de igual manera. Estos serían aquellos que requieren cogniciones o movimientos complejos, adaptativos o controlados (por ejemplo las artes marciales). También serían más útiles en los que se destaca la toma de decisiones o la cooperación táctica (cualquier deporte de equipo), sobre todo basándolos en tareas de complejidad progresiva acordes con la etapa del neurodesarrollo en que se encuentre el menor.
Ansiedad
Siendo la ansiedad uno de los trastornos más prevalentes en la práctica clínica, existe amplia investigación relacionando esta con la metacognición. Por ejemplo, las personas que sufren un trastorno de ansiedad social tienen generalmente un miedo elevado a ser evaluados de manera negativa por el resto de las personas, siendo ese sistema evaluativo algo en lo que la metacognición entra juego. Aquellas personas con dicho diagnóstico tienden a evaluar intensamente cualquier situación social, ya sea para poder evitarlas o aguantarlas como buenamente pueden (muchas veces con mecanismos de afrontamiento disfuncionales).
Estudiando específicamente la interacción entre ansiedad social y metacognición, cobran importancia algunas variables como el autoconocimiento o creencias del yo social (paso primordial para un tratamiento con éxito basado en la reestructuración cognitiva), y las denominadas creencias metacognitivas (Gkika, Wittkowski, & Wells, 2017). Las creencias sociales irían tendrían tres tipos:
- Alta autoexigencia
- Creencias condicionales (“depende de lo que haga, gustaré a la gente o no”)
- Creencias incondicionales (“el resto del mundo cree que soy inferior”)
Además, estas también tendrían dos tipos de características:
- Egosintónicas: Creencias que concuerdan con nuestro yo o manera de ver el mundo, relacionadas con la aparición de un trastorno de ansiedad generalizada.
- Egodistónicas: Pensamientos sentidos como angustiosos, repugnantes o directamente incoherentes con el propio concepto de sí mismo, que tendería a generar fobias de tipo más específico.
En el mismo estudio, los autores encontraron una correlación directa entre el grado de ansiedad social y la existencia de creencias de auto-exigencia y condicionales, dependiendo también el tipo de proceso cognitivo específico al que nos enfrentaríamos en cada momento.
En cuanto a las creencias metacognitivas, se podrían dividir en los diferentes tipos:
- Creencias positivas sobre la preocupación
- Creencias sobre la incontrolabilidad y peligrosidad de los pensamientos
- Confianza cognitiva
- Autoconfianza cognitiva
- Creencias sobre la necesidad de control
En el mismo estudio mencionado anteriormente, la existencia de dichas creencias no correlacionaba con la aparición de un trastorno de ansiedad social en muestras clínicas. Y en otras investigaciones realizadas en muestras no clínicas, midiendo una situación normalmente estresante para muchas personas (dar un discurso en público) vieron que la magnitud de esas creencias correlacionaban con una disminución de los niveles de ansiedad antes de dar un discurso, pero esta ansiedad volvía a aparecer justo después de realizarlo. Por ende, estas creencias tienen un doble rol en la génesis y mantenimiento de la ansiedad social dependiendo de la situación o momento en el que aparecen.
También, lo que se considerarían pensamientos rumiativos (dar vueltas una y otra vez sobre como hemos gestionado y reaccionado a situaciones sociales pasadas por ejemplo) afectan gravemente a la concentración de cualquier tarea, reviviendo el malestar de manera cuasi obsesiva, impidiendo estar en el aquí y el ahora y generando sesgos emocionales de tipo negativo.
Psicosis y mentalización
Otro trastorno mental en donde la investigación clínica está estudiando con exhaustividad sería la psicosis, menos prevalente que la ansiedad pero aún así altamente incapacitante para las personas que lo sufren. Actualmente se están estudiando constructos mentales importantes para este trastorno: la metacognición y el insight (Leonhardt et al., 2019). Este último se definiría como la habilidad para formar un relato coherente sobre el entorno que nos rodea, que parece fallar en alrededor un 80% de pacientes diagnosticados de este trastorno (Amador et al., 1993), con lo que su estudio ayudaría a comprender por qué ocurren fallos de la integración del yo en la psicosis.
Por otra parte, revisar este trastorno desde el prisma de la metacognción pretendería cuantificar todas aquellas actividades mentales subjetivas que se saben afectadas por la psicosis. Por ejemplo, la metacognición ha sido íntimamente relacionada con la conducta prosocial, en donde se ha visto que puntuaciones bajas en metacognición afectan negativamente en las estructuras del lenguaje que facilitan la comunicación humana, deteriorando por ende a las relaciones interpersonales e incluso influyendo negativamente en los niveles de oxitocina, considerada la hormona del vínculo y el apego (Buck et al., 2020). Es decir, los déficits en el pensamiento y en el lenguaje para expresarlo crearían una especie de bucle que se refuerza con los déficits de comunicación en contextos sociales.
La mentalización es otro concepto que nos puede ayudar enormemente en el estudio de la psicosis y la metacognición. Podemos definirla como la habilidad de comprender acciones o intenciones, propias o ajenas, a partir de pensamientos, sentimientos, deseos y anhelos (Allen & Fonagy, 2006). Aunque con propiedades similares a los conceptos de metacognición (e incluso en la teoría de la mente en el autismo), este constructo se centraría más en estudiar en la interacción en cuidadores e hijos en fases tempranas del neurodesarrollo y las situaciones de apego que se generan, en donde dependiendo de la calidad de esas interacciones tempranas ayudarían o boicotearían el como el niño o niña genera el autoentendimiento del yo y del mundo que le rodea.
Según estos autores, habría tres maneras de pensar consideradas no mentalizadoras o patógenas, en el sentido que es bastante probable que estas generen problemas y trastornos mentales a largo plazo debido a todos los fallos que se producirían en los patrones de comunicación y socialización:
- Equivalencia psíquica: Percibir los estados internos como si estos fueran la equivalencia exacta al mundo externo.
- Modalidad fingida: Sería desvincular nuestra actividad mental de la realidad externa existente.
- Modalidad teoleológica: Reconocer los estados mentales como si solamente tuvieran resultados físicamente observables.
Y entroncando aún más este concepto con la psicosis, se han tipificado cuatro dimensiones claramente afectadas por este trastorno que pueden ayudar a entender el porqué ocurre: propósito, posibilidad, posición y parcialidad (Lysaker & Lysaker, 2017).
Las dos primeras serían el propósito y la intencionalidad, que se referiría en qué nivel las personas se conocen a sí mismas (similar al insight), enlazando este conocimiento en formar objetivos o metas vitales. La posición serían aquellas percepciones de como el yo es sentido en relación al contexto que nos movemos, ya sean las estructuras sociales o momentos históricos vividos. Por último, la parcialidad se definiría como una sensación continua de que a que nuestro yo o ser no puede caracterizado por una unidad monolítica.
Por lo tanto, a partir de todos estos conceptos planteados, la mentalización intenta desenmascarar todas aquellas conexiones que pudiera haber entre el apego, el afecto y nuestra construcción de la realidad que nos rodea, que como acabamos de comentar, el fallo de esto último es una de las características principales de la psicosis. Eso sí, los mismos autores que desarrollaron la mentalización afirman que para definir la amplísima gama de actividades e interacciones que producen vida en comunidad y la experiencia vital asociada, el constructo de la mentalización quizás se queda algo corto comparado con la metacognición, aunque el estudio de ambos ayuda sin duda a avanzar en la investigación psicológica.
Bibliografía
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