Neurobiología del TOC

A nivel cerebral, las causas y la sintomatología del trastorno obsesivo-compulsivo es un mecanismo complejo, que implican anatomía cerebral, hormonas, sistemas de transmisores etc. Aún así, existen estudios muy interesantes y teorías consolidadas que nos ayudan a esclarecer el porqué de este trastorno.

A nivel general, está comprobado que tanto factores genéticos como ambientales interaccionan en el riesgo de aparición del TOC (Mataix-Cols et al., 2013). 

Neurotransmisores

Actualmente, la hipótesis más consolidada sobre la aparición y mantenimiento de la sintomatología obsesivo-compulsiva implica la serotonina. Este es un neurotransmisor implicado en diversos procesos cognitivos: modulación del estado del ánimo, aprendizaje, memoria, respuestas fisiológicas etc.

Todo parece indicar que bajos niveles de serotonina produce respuestas inusuales, sobreexcitando la activación en el córtex orbitofrontal (Mavrogiorgou, Enzi, Steinmann, Mulert, & Juckel, 2018). Éste trabaja conjuntamente con otros circuitos cerebrales para inhibir respuestas inadaptativas en el comportamiento, seleccionando y regulando aquellas otras secuencias conductuales útiles para el organismo (Evans, Lewis, & Iobst, 2004). Por tanto, esta desregulación serotoninérgica parece que pueden hacer aparecer y afianzar obsesiones recurrentes de cualquier tipo (limpieza, orden, control).

Por ello, los medicamentos que inhiben la recaptación de serotonina (ISRS) son la primera opción empírica para el tratamiento del TOC (Murphy et al., 2013). Aún así, estudios exhaustivos de doble ciego de diversos elementos farmacológicos hechos ya hace décadas revelan que no podemos hacer reduccionismo con la hipótesis de la serotonina. Éstos demuestran que el bloqueo farmacológico por sí mismo de la recapatación de serotonina no es suficiente para generar una respuesta antiobsesiva (Insel, Mueller, Alterman, Linnoila & Murphy, 1985).

Otro neurotransmisor muy importante, la dopamina, se encarga entre otras funciones de motivación y recompensa. Aunque su rol en le génesis y mantenimiento del TOC ha sido menos estudiado, pero no por ello es un factor menos importante. En estudios de neuroimagen se observaron pacientes con disfunciones en zonas prefontales y en ganglia basal (estriado, tálamo y amígdala, normalmente asociadas a una hiperfuncionalidad dopaminérgica en las zonas prefontales (la serotonina actuaría en la ganglia basal). Estas estructuras se denominan en su conjunto circuito cortico-estraido-talámico, cuyo mal funcionamiento es está bien estudiado con su relación con el TOC. En él, la dopamina es el neurotransmisor más importante, de ahí la importancia en ampliar las líneas de investigación en su influencia en el TOC (Koo, Kim, Roh, & Kim, 2010).

En cuanto al GABA, responsable entre otros del control motor, visión y otras funciones corticales, se ha demostrado su importancia su relevancia en los trastornos de ansiedad (y el TOC tiene un componente ansiógeno muy importante). Receptores GABAregulan la inhbición de los circuitos neuronales conectados con la amígdala (encargada del funcionamiento del «miedo»). Por ello, desregulaciones en este neurotransmisor puede hacer que el cerebro identifique estímulos antes neutros como peligrosos, aumentando el nivel de alerta y ansiedad; exacerbando el ciclo de rumiación y compulsión (Nuss, 2015).

Hormonas y metabolismo

Se ha demostrado que un aumento del estrés percibido y niveles basales de cortisol en pacientes diagnosticados de TOC comparados con un grupo control (Morgado, Freitas, Bessa, Sousa, & Cerqueira, 2013). Esta hormona es clave en el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal, que regula los niveles de estrés y alerta en el organismo.

En los estudios de neuroimagen (PET, resonancia magnética funcional), se asocia un aumento de niveles de glucosa en el cerebro a una activación mayoritaria a aquellas zonas que se «iluminan» en los resultados de las pruebas. Los pacientes con TOC muestran niveles superiores de glucosa al grupo control el circuito lateral del córtex orbitofrontal, núcleo caudado, córtex cingulado anterior. Al estar hiperexcitados, no pueden inhibir de manera exitosa respuestas disfuncionales (Baxter, 1990).

Neuroanatomía

Evans, Lewis e Iobst (2004) resaltan la importancia de dos estructuras en la génesis y aparición del TOC: El córtex orbitofrontal (mencionado anteriormente) y el cortex dorsolateral prefontal, asociado con el cambio entre tareas, planificación y memoria de trabajo. El déficit en el funcionamiento de ambos sistemas provoca problemas en las siguientes áreas:

  • Memoria de trabajo: Especialmente la de tipo más visoespacial.
  • Alternancia y cambio entre tareas: Los pacientes con TOC se caracterizan de una rigidez cognitiva que les impide adaptarse a situaciones nuevas o cambiantes.
  • Inhibición de respuesta: Los sujetos con TOC puntuaron peor en tareas de supresión de respuestas automáticas, sobretodo en tareas oculo-motoras.

Genética

En los estudios de prevalencia del trastorno en familias, está demostrado que la probabilidad de sufrirlo aumenta proporcionalmente a la consanguineidad. Es decir, el riesgo de tener el trastorno es mayor si existe en familiares de primer grado, y va disminuyendo de manera progresiva a segundo y tercer grado. En estudios con gemelos, se ha comprobado que el riesgo familiar del TOC era principalmente atribuible a factores genéticos innatos y no tanto ambientales (Mataix-Cols et al., 2013).

Por último, en cuanto a los genes específicos para el TOC, el transportador de serotonina SLC6A4 ha sido uno de los más investigados en relación al trastorno, ya que los fármacos que producen la inhibición de la recaptación de serotonina son el tratamiento medicamentoso más común. También, la existencia de un polimorfismo en un gen asociado al envío de serotonina en regiones polimórficas (5-HTTLPR) provoca una mayor expresión geníca en el alelo L y baja expresión en el alelo S. Esta circunstancia ha sido relacionada con el trastorno obsesivo-compulsivo, siendo el alelo L el considerado de riesgo.

Bibliografía

Baxter, L. R. (1990). Brain imaging as a tool in establishing a theory of brain pathology in obsessive compulsive disorder. The Journal of Clinical Psychiatry, 51(2, Suppl), 22–25.

Evans, D. W., Lewis, M. D., & Iobst, E. (2004). The role of the orbitofrontal cortex in normally developing compulsive-like behaviors and obsessive–compulsive disorder. Brain and cognition, 55(1), 220-234.

Insel, T. R., Mueller, E. A., Alterman, I., Linnoila, M., & Murphy, D. L. (1985). Obsessive-compulsive disorder and serotonin: is there a connection?. Biological Psychiatry, 20(11), 1174-1188.

Koo, M. S., Kim, E. J., Roh, D., & Kim, C. H. (2010). Role of dopamine in the pathophysiology and treatment of obsessive–compulsive disorder. Expert review of neurotherapeutics, 10(2), 275-290.

Mataix-Cols, D., Boman, M., Monzani, B., Rück, C., Serlachius, E., Långström, N., & Lichtenstein, P. (2013). Population-based, multigenerational family clustering study of obsessive-compulsive disorder. JAMA psychiatry, 70(7), 709-717.

Mavrogiorgou, P., Enzi, B., Steinmann, S., Mulert, C., & Juckel, G. (2018). Relationship Between Neuroanatomical and Serotonergic Hypotheses of Obsessive-Compulsive Disorder: A Combined Functional Magnetic Resonance Imaging-Evoked Potential Study. The Journal of clinical psychiatry, 79(6).

Morgado, P., Freitas, D., Bessa, J. M., Sousa, N., & Cerqueira, J. J. (2013). Perceived stress in obsessive–compulsive disorder is related with obsessive but not compulsive symptoms. Frontiers in psychiatry, 4(21).

Murphy, D. L., Moya, P. R., Fox, M. A., Rubenstein, L. M., Wendland, J. R., & Timpano, K. R. (2013). Anxiety and affective disorder comorbidity related to serotonin and other neurotransmitter systems: obsessive–compulsive disorder as an example of overlapping clinical and genetic heterogeneity. Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 368(1615)

Nuss, P. (2015). Anxiety disorders and GABA neurotransmission: a disturbance of modulation. Neuropsychiatric disease and treatment, 11. 165-175

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